NOVEDADES

DECONSTRUYENDO EL LENGUAJE DE LA INCLUSIÓN

¿Por qué aún hoy insistimos permanentemente en la palabra inclusión? La primera respuesta es obvia: porque reconocemos que aún hay quienes están fuera del sistema, quienes se encuentran en los márgenes, ausentes, invisibles.

Reconocemos que pensar una escuela inclusiva y no excluyente de por sí habla de un cambio paradigmático. Sin embargo, el sostenimiento de esta palabra tiene que ver con un concepto que sigue sobrevolando la educación toda: la igualdad y, en particular, la igualdad de llegada y la de semejanza entre los sujetos, asociadas a formulismos legales, contenidos, en infinidad de normas que no pueden torcer la realidad más allá de las buenas intenciones.

Esa igualdad declarada, anunciada, deseada también, se convierte en letra muerta cuando se sustenta en un discurso homogeneizante que persiste y neutraliza toda posibilidad de diferencia.

Para analizar esta situación, investigamos en la escuela, en el aula, experiencias educativas, vividas, sentidas, padecidas, en la relación cara a cara, cuerpo a cuerpo, piel a piel. Desde ellas, valoramos que en reiteradas ocasiones esta transformación discursiva –en lo legal y en lo técnico- trae aparejados vacíos en el reconocimiento de la singularidad de cada sujeto y del entramado de relaciones.

 

Pensamos que el “hacer” docente hoy no requiere de la soberbia u omnipotencia del conocimiento per se. Es desde la fragilidad del encuentro con el otro, desde la vulnerabilidad de los cuerpos, que se reconocen, miradas, sentires…que afirman la igualdad sustancial, inicial, imprescindible en todo hecho educativo: sin tope, sin techo, sin cánones preestablecidos, más bien todo lo contrario, como una conversación en devenir, habilitadora de la diferencia que nos enriquece.

Nuestro hacer nos compromete a visibilizar –desde el gesto donativo, desde el ofrecimiento- otro pensamiento, otra narrativa que devele lo indecible del dispositivo técnico, jurídico y utilitario que persiste, habilitando el lenguaje ético sustancial del hecho educativo. Por ello, creemos que es imprescindible reconocer la fragilidad inicial que nos transmuta en aprendices del mundo, para deconstruir e interpelar la fórmula inacabada de que “todos tienen derecho”. En otras palabras: de-formar los dispositivos técnicos que suponen cambios que no transforman, sino por el contrario, persisten en la discusión dual y neutralizante de exclusión-inclusión.

Si la educación es encuentro, relación, un hecho complejo y no simplificado de la línea temporal, evolutiva y progresiva, sustentada en la previsibilidad de un crecimiento homogéneo, la discusión, el debate, debe producirse en: ¿cómo nos encontramos, desde los distintos entramados de relaciones?, ¿cómo hacemos visible lo indecible que margina, cercena y neutraliza?, ¿cómo distinguimos la diferencia igualitaria frente a la normalidad que estigmatiza, segrega, patologiza lo distinto, lo diferente una y otra vez?